por Luis Galdames
Era allá por el año 1898. Apenas recibimos el diploma de Bachiller en Humanidades, nos inscribimos en el Instituto Pedagógico, curso de Historia y Geografía. Todo el curso estaba a cargo del profesor Steffen.
Nuestros primeros días de asistencia fueron de curiosidad. El curso de primer año se componía de cinco jóvenes y una señorita. Ocupaba una pequeña sala del segundo piso, con unos pocos bancos, una pizarra, una mesita y una silla de Viena para el profesor. En las paredes, algunos cuadros murales en colores, que representaban los tipos de las diferentes razas humanas, y una percha a espaldas de la silla, para que el profesor colgara su sombrero. Nada más.
Por primera vez, el profesor entra a largos pasos, cuelga su sombrero, toma asiento en la silla, hace una leve inclinación de cabeza y extiende sobre la mesa unos cuadernillos impresos, que lee rápidamente. Los alumnos apuntamos lo que podemos; y nos miramos de soslayo, como interrogándonos acerca de lo que cada cual ha alcanzado a percibir.
El doctor Steffen es alto, delgado, flexible, de una tez enjuta y curtida, color rojizo, inclinado a moreno. Sus cabellos, de tinte castaño, son abundantes, pero los lleva cortos; la frente es despejada y subraya la expresión haciendo arrugas; los lentes de oro estrechan la nariz y velan la mirada inquisidora que sale de unos ojos oscuros y pequeños. La mandíbula es fuerte, el mentón alargado; los bigotes, castaños como el pelo, forman dos hebras finas sobre unos labios de escaso relieve. Vibra en él todavía la fuerza de la juventud.
Esta vez, como las que siguen, habla ligero, en español correcto, pero de acentuada pronunciación germánica; y su gesto es de una seriedad inalterable. Jamás se insinúa ni sonríe; sólo expone y ordena. Entra siempre a la sala con el mismo ademán de colgar el sombrero y sentarse para decir su relato, con la ayuda del cuadernillo impreso. Más tarde supimos que se trataba de unos textos alemanes, escritos por Meyer y muy usados en los colegios de Prusia.
Decididamente, esta clase de Historia le parecía ingrata y la hacía con cierta repulsión que no escapaba a nuestro criterio de aprendices. En cuanto a los alumnos, tampoco nos era agradable, si bien nos resultaba hasta cierto punto nueva en comparación con lo que ya sabíamos. Y así sucedía que, al anuncio de las interrogaciones, confrontábamos apuntes y textos; y no salíamos mal del todo en la prueba.
La clase de Historia se alternaba con la de Geografía Física; y aquí si que las cosas cambiaban. El profesor abandonaba el texto; y de pie junto a la pizarra, hacía su demostración con tiza de colores, explicando detalladamente cada rasgo orográfico, cada ley climatológica, cada materia oceanográfica, etc. Y todo esto animadamente, con la unción y el placer de enseñar. Incuestionablemente, estábamos delante de un geógrafo. Tal era, por cierto, la especialidad del doctor Steffen, su vocación manifiesta. Nunca le agradeceremos lo bastante sus lecciones geográficas, como tampoco le agradecerá lo bastante el país sus exploraciones patagónicas.
Primeros titulados del Instituto Pedagógico junto al Dr. Steffen
Hacia la mitad del año 99, el maestro fue designado asesor de la comisión de límites que actuaba en Londres ante el árbitro británico; y debió trasladarse a su destino. El curso de que formábamos parte resolvi¢ hacerle una visita en su casa, para expresarle al despedirlo su gratitud y simpatía. Había entre nosotros cierto retraimiento y temor. ¿Cómo iría a recibimos este buen señor de gesto duro, que jamás había sonreído con nosotros, ni mostrado indicio alguno de confianza? Grave problema.
Fuimos, sin embargo; y nuestra sorpresa resultó tan grande como había sido nuestra indecisión. En vez del sabio severo y huraño, que tantos meses habíamos tenido delante de nosotros, encontramos un caballero amable, charlador y finísimo, que nos retuvo más de una hora en su escritorio y que concluyó por encaminarnos hasta la puerta, para agradecernos con efusivo apretón de manos la manifestación de que le hacíamos objeto.
Profesores alemanes del Instituto Pedagógico
Aunque regresara más tarde, no volvimos a verlo; pero conservamos de él sus lecciones y la impresión del sabio que en punto a Geografía tanto hizo por la difusión de esta ciencia en el país. Su especialidad era la Geografía Física, a base de observación directa; o sea, de exploraciones suficientemente controladas; y nada más, porque eso era, a su juicio, lo único de rigor científico en esta materia.
Refiriéndose a las diversas ramas de la Geografía, cierta vez nos habló de los aspectos económico y político que también ésta presentaba; pero advirtió que él no los expondría, porque eran esencialmente variables e inseguros; sus términos cambiaban con frecuencia y no podrían nunca encuadrarse en un marco científico. Eso sí que en la enseñanza no debería prescindirse de ellos.
No le oímos aludir a la Geografía Humana, a esa Antropogeografía que Federico Ratzel había creado y expuesto sistemáticamente, hacia los años 1890 y 1892, siguiendo la orientación de Carlos Ritter, señalada medio siglo antes de esa fecha. Nos habló de Ritter, pero a propósito de la importancia de la descripción del paisaje y de una nueva escuela geográfica que parecía diseñarse.
El retraimiento acerca de la Geografía Humana, se basaba sin duda en el hecho de que esta rama de su especialidad no era todavía sino una proposición bien fundada, en la obra capital de RATZEL, y no había recibido la consagración de la crítica. Por lo mismo, sólo debía estimársela como una bella promesa. Lejos, pues, de atribuir esta omisión a desconocimiento o negligencia, ella contribuye a poner en relieve la probidad científica del maestro; y lo fue de verdad.
Extraído del libro Homenaje a la Memoria del Dr. Hans Steffen, pp.19-21, Imprentas de la Universidad de Chile, 1937.
Dónde se puede encontrar este libro del que han extractado estas citas?
ResponderEliminarFelicitaciones por el blog.
El libro estará disponible an las siguientes semanas en este blog. El libro se llama Homenaje a la Memoria del Dr. Hans Steffen.
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